A propósito de la visita de Mariana Mazzucato: cuando se trata de ciencia, más curiosidad y menos misiones

En tiempos actuales, gobiernos y organismos de todo el mundo parecen querer seguir “políticas orientadas por misiones” para guiar sus planes en materia de innovación y desarrollo productivo, sin un necesario debate sobre las evidencias a favor de este enfoque y sobre sus posibles defectos e impactos negativos. Y Chile no ha sido la excepción a esta tendencia, que a ratos bordea el dogmatismo.

A inicios del gobierno del presidente Boric, algunas notas de prensa anunciaban que la nueva administración buscaría la colaboración de Mariana Mazzucato, la reconocida economista que ha popularizado el concepto, y que en estos días visita nuestro país. El último libro de Mazzucato, “Misión Economía”, presenta las políticas orientadas por misiones como “la” forma de organizar la acción público-privada en la búsqueda de soluciones para desafíos de relevancia social. A primera vista, su propuesta parece razonable.

Durante años se ha confiado en exceso en la “mano invisible” y se ha menospreciado en igual medida la capacidad del Estado en estas materias, y el trabajo de Mazzucato (en especial con su libro “El Estado Emprendedor”) viene a agregar matices a un debate a ratos polarizado.

Sin embargo, cuando los tomadores de decisiones buscan extender la orientación por misiones a las políticas de fomento científico, entramos en un terreno peligroso.

La idea de “orientar la ciencia” parece ganar aceptación, en gran medida gracias a un discurso que —matices más, matices menos— plantea que “la ciencia por sí misma” es inconveniente, un “lujo”, o algo poco deseable para un país como Chile, y que en última instancia se debe poner el conocimiento “al servicio” del desarrollo, todo ello sin discutirse siquiera los caminos por los cuales la ciencia impacta efectivamente en nuestro bienestar y progreso.

Por otro lado, y en lo que se ha convertido en la forma de trabajar característica respecto a las políticas de ciencia e innovación, la instalación de esta nueva agenda ocurre sin mucha participación y sin un debate informado sobre enfoques alternativos y las posibles consecuencias indeseadas de las misiones en lo concerniente a la investigación científica, agudizando de este modo los problemas que de ellas puedan derivarse. Por ende, es necesario explorar algunas implicancias de las políticas orientadas por misiones para el fomento de la ciencia.

Primero, es necesario insistir en que la evidencia a favor de la “orientación por misión” en lo relativo a la ciencia es débil, en el mejor de los casos. Al respecto, es necesario detenerse en dos ideas. Por un lado, Mazzucato emplea la historia del programa “Apollo” para demostrar que cuando el Estado propone una meta ambiciosa e inspiradora —es decir, cuando plantea una misión, en este caso la llegada del hombre a la Luna— se producen relaciones virtuosas que llevan al desarrollo de soluciones. Mazzucato incluso toma prestado el término “moonshot” para denotar estas misiones, y su elección ha rendido frutos: el término ha ganado popularidad, al punto que algunos gobiernos ya han comenzado a lanzar sus propios “moonshots”.

Desafortunadamente, quienes defienden las misiones y los “moonshots” parecen ignorar o desestimar las condiciones necesarias para que un programa como Apollo pueda prosperar. Este se hizo realidad gracias a una compleja mezcla de factores históricos, militares, políticos y culturales, que difícilmente se pueden recapitular hoy. En efecto, otros mandatarios luego del presidente Kennedy lanzaron sus propios “moonshots” sin mayor éxito. Incluso la continuidad del propio programa Apollo estuvo en riesgo, debido a su bajo apoyo político y popular.

Por otro lado, algunos autores han cuestionado el real éxito técnico del programa en el largo plazo, y el relativo fracaso del lanzamiento de la misión “Artemis” en semanas recientes da prueba de ello.

En definitiva, los defensores de las misiones y los “moonshots” parecen idealizar el programa Apollo, olvidando la compleja mezcla de factores que lo hicieron viable. Aquí entra la segunda línea argumental de Mazzucato, que explora sobre todo en su libro “El Estado Emprendedor”, en el cual apela a las invenciones de ARPANET o el GPS, por ejemplo, para demostrar el papel del Estado en la innovación.

Lo cierto es que en estas y otras historias similares, el papel de la investigación motivada por curiosidad y de la ciencia básica es mucho mayor a lo que tradicionalmente parecen asumir los defensores de las misiones.

Segundo, cabe destacar que diversos autores han esbozado críticas técnicas hacia las políticas orientadas por misiones. En general, estas se centran en aspectos como la escasa factibilidad y realismo político de las misiones; problemas de legitimidad y sustento democrático; contradicciones entre la política que busca Mazzucato y la que realmente se necesita para lidiar con los problemas complejos que se quieren solucionar mediante las misiones; el carácter de “opcional” que adquieren las respuestas a problemas que, en estricto rigor, el Estado debiese resolver (esta crítica es, quizás, la más significativa); y la excesiva confianza de Mazzucato en las capacidades del Estado. El concepto, entonces, no está exento de problemas.

Tercero, el trabajo de Mazzucato ha llevado a ciertas personas a cuestionar la idea de un “Estado Emprendedor” capaz de “elegir ganadores” (aunque algunos de estos cuestionamientos son ciertamente exagerados). La defensa más común ante esta crítica es que no se trata de elegir ganadores (“picking the winner”), sino de elegir “direcciones” (“picking the willing”).

Sin embargo, cuando se trata de la investigación científica, la orientación por misión implica necesariamente la idea de priorizar. Basta recordar que el Consejo de Innovación (que hoy tiene otra denominación, pero que partió como “Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad”, o CNIC) acuñó la frase “no podemos ser excelentes en todo”, que ilustra la racionalidad económica que se impone en estas discusiones.

Y, en un país que invierte apenas el 0,35% del PIB en I+D (a ratos el 0,37%, a ratos el 0,34%), y que arrastra un severo problema de subfinanciamiento desde hace varios años, lo cierto es que cualquier ejercicio de priorización significará necesariamente el descuido de ciertos programas. Tendremos áreas que no recibirán el nivel de apoyo necesario para hacer investigación de frontera, pues estas no tributarán a las eventuales “misiones” que se designen. FONDECYT, por ejemplo, eventualmente permanecerá con un escaso financiamiento (pues se privilegiarán programas “orientados”), y seguiremos con investigadores con buenos proyectos y sin recursos.

En otras palabras, las políticas orientadas por misión inevitablemente generarán ganadores y perdedores en el ámbito científico. Y esto es un grave problema. La ciencia persigue la generación de nuevo conocimiento, ampliado y mejorado, sobre nuestro mundo, en sus diversas dimensiones.

Este conocimiento puede cumplir varios propósitos, incluyendo en el ámbito educacional, cultural, político y social, trascendiendo al meramente productivo y tecnológico. Entonces, cuando se busca orientar en exceso la generación de conocimiento hacia ciertos objetivos, direcciones, o “misiones”, no solo arriesgamos entorpecer otros objetivos propios de la investigación, sino que además podemos descuidar la generación de conocimiento aplicable a otros fines igualmente necesarios y deseables en una sociedad democrática.

Quizás más importante aún, los problemas que constituyen posibles misiones son de enorme complejidad, y es improbable que puedan resolverse solo con investigación prioritaria en ciertos temas, en especial si ello ocurre a expensas del desarrollo de las demás áreas del saber.

En otras palabras, la única forma en que la ciencia nos ayudará a “resolver misiones” será mediante un sistema científico robusto, que crezca orgánicamente, en todas las áreas del conocimiento.

La visita de Mariana Mazzucato a Chile posiblemente ayudará a exacerbar el triunfalismo en torno a la doctrina de las misiones. Hoy, más que nunca, es necesario ampliar el diálogo, estudiar cuidadosamente los impactos de las misiones para la ciencia, y sobre todo comprender que la investigación científica cumple diversas funciones en una sociedad democrática, algunas de las cuales pueden verse afectadas negativamente por una adopción irreflexiva de la “orientación por misión”.