A propósito de «Miedo» y «Voces en mi cabeza», novelas del escritor Aníbal Ricci

Extractos de entrevistas realizadas al autor por el  periodista y doctor en literatura Nicolás Poblete Pardo.

Los personajes de las dos novelas buscan contextos urbanos debido a que son espacios delimitados; particularmente en «Miedo2 la naturaleza (el aire libre) desorienta al protagonista: el horizonte se vuelve muy amplio y la armonía del paisaje lo hace sentir insignificante y deprimido. El extravío mental (temática abordada desde la paranoia y la esquizofrenia) necesita anclajes, una red para funcionar (en «Voces en mi cabeza» ese lugar lo ocupa el tren subterráneo), un universo con límites donde su mente se muestra muy acuciosa para inspeccionar lugares.

En «Miedo» si el personaje no logra escanear los lugares que se interponen en su camino, el miedo lo inunda y el delirio de persecución se desborda. Plaza Ñuñoa y Bellavista son lugares de discotecas, en Providencia se provee de prostitutas y tanto Matta como Vicuña Mackenna lo asocia al comercio de transexuales. Son lugares donde es imposible encontrar cariños genuinos, representan espejismos de emociones para escapar de la tristeza y la frialdad de la ciudad. Las marcas urbanas son necesarias para configurar la mente extraviada y el personaje busca figuras conocidas en cada uno de esos lugares: necesita certezas, no incertidumbre.

El personaje de «Miedo» está extraviado principalmente por las drogas. Ha perdido el afecto de su pareja (sólo queda lo sexual) y queda náufrago en el Barrio Brasil que luego de la medianoche se torna desértico. Al principio no se drogaba, pero para mantenerse dentro del mundo de su pareja, deja a un lado el deporte (droga) por otro escapismo más sintético. Teme quedarse solo, a su modo está demasiado enamorado de esa mujer oscura que intuye ya no lo ama.

En «Miedo», ante la ausencia de amor, el personaje invoca la emoción, quiere escapar de la depresión que lo ha inmovilizado en otros episodios de su vida. Observa el mundo con frialdad, donde la alienación y el nihilismo mantienen a ese cuerpo físico en funcionamiento. El caos de las drogas lo ha sumido en entornos peligrosos (travestis, prostitución) y dentro de la empresa la sociedad cerca sus espacios de libertad. La droga y el bullying disparan la huida, de sí mismo, del trabajo que dejó de significar una ruta viable (otra droga), quizás también la propia sexualidad es un detonante de la huida.

En cambio, en «Voces en mi cabeza»  el extravío tiene un sustrato esquizofrénico: ausencia de afectos y mente compartimentada en distintas personalidades. La esquizofrenia le hace interpretar emociones bajo distintas sensibilidades. El Metro funciona como máquina del tiempo, pero los nombres de estaciones remiten a una red neuronal (guía para una mente dispersa) que lo sitúa en parajes específicos. Las referencias al cine de terror dan cuenta del escenario esquizofrénico (el de la dictadura) y el gen mutante le permite intentar una explicación a ese mundo caótico. La fuga parece más infinita en «Voces en mi cabeza» se trata de una mente cuántica que dos veces por segundo reconstruye una y otra vez el ambiente que lo rodea.

El miedo es el gran movilizador del comportamiento en un esquizofrénico: terror a no volver a ser el mismo tras cada brote de la enfermedad. En Miedo la espiral es descendente, con cada inhalada, más difusa es la salida, es un escapismo que lo va encerrando dentro de su mente. En «Voces en mi cabeza» el gen esquizofrénico conlleva temor, pero también conocimiento; el personaje aprende a conocerse y empieza a huir de sus voces interiores (en Miedo nunca lo logra).

Miedo es la respuesta a la dictadura y sus ataduras; «Voces en mi cabeza» navega más la transición de la Concertación. Al final de «Voces en mi cabeza» hay esperanza para el personaje, pero a qué precio. Queda solo, aunque conquista cierta paz. Todo lo que tiene que ver con el mundo neoliberal trae consigo aislamiento, pero ese aislamiento es disfuncional, trae caos.

Las violaciones de la dictadura son violaciones que marcan el cuerpo y lo diseccionan del espíritu. La búsqueda de otros cuerpos (igual de alienados) mediante la prostitución retrata un mundo sin futuro. El libre mercado heredado también satisface al cuerpo (necesidades básicas) pero encapsula al ser humano, lo aliena de su comunidad mediante la persecución del bienestar individual.

La transición a la democracia no fue la respuesta, pero tampoco se hallaría en la sublevación mediante las redes sociales: otro mundo alienado donde las minorías imponen su punto de vista. Mediante el caos y la violencia no se logrará más que caos y violencia. Las redes sociales siguen ese espíritu descalificatorio que representa una supuesta diversidad. Donde los grupos ¿progresistas? (primera línea) buscan encontrar respuestas a demandas sociales, en realidad constituyen un artefacto que niega la diversidad del pueblo que dicen representar. Simplemente interpretan el odio hacia el otro: el infierno es el otro, una idea muy sartreana.

En «Voces en mi cabeza» una vez que el personaje abraza la meditación sanadora, sabe que la paz no llegará mediante la violencia autodestructiva ejercida sobre los cuerpos (mutilados o muertos). La búsqueda tampoco tiene nada que ver con más mercado o más estado, la salvación y la paz consiste en cultivar una actitud empática con el otro: el violador de derechos humanos debe decir dónde están los cuerpos, así como el que protesta debe dejar de violentar el espacio físico de sus semejantes (la ciudad como cuerpo habitado). Las redes sociales y la violencia, en definitiva, no son la respuesta.

Los personajes de ambas novelas no conectan con el mundo femenino, le es muy difícil relacionarse con ellas, pero su desencanto radica en que no reconoce un instinto maternal en ellas, más bien las observa como un despiadado mecanismo darwiniano. El personaje busca (en su desesperación) un tipo de mujer más cariñosa, menos despiadada. Una prostituta lo seduce con sus frases aprendidas, diseñadas para agradar en el mundo de libre mercado a que está habituado. No sólo busca lo femenino en las prostitutas, llega al extremo de seducir a transexuales, una representación externa de la psiquis de una mujer. Podrá ser peligroso el mundo donde se desenvuelven estos seres (extorsiones, funas), pero tampoco se trata de algo que haga tanto daño como romperte el corazón. Satisfacer el cuerpo, lo externo, el mercado de lo sensorial. El mundo de la publicidad da respuestas rápidas, de fácil acceso. El protagonista no está en condiciones psicológicas de enfrentar una nueva ruptura amorosa, su personalidad ya está dividida y el miedo a romperse, a malograrse, simplemente lo inmoviliza en la mecánica de los cuerpos.