Escritor Luis Caroca: “Seguirán los próceres y las vacas sagradas, con ellas no hay que meterse”

“Por momentos el Mapocho se esfumaba y dividía en brazos, se hundía y volvía aparecer entre grandes extensiones de tierra cultivada. De repente apareció el océano. Un delta de aguas parduscas, casi negras, con toda la porquería de Santiago incrustándose en el mar. Cientos de gaviotas volaban enloquecidas, graznando histéricas o hundían sus patas sobre la arena fangosa, hurgando con sus picos comida entre los muchos restos de basura, ramas y botellas de plástico”.

Fragmento del libro «Los esquilmadores»

Luis Caroca (Santiago, 1970) es un escritor chileno de esos atípicos, alejados del foco de los reflectores, cuya biografía, por expresa petición, se acota a la información precedente. En entrevista exclusiva, hablamos de “Los esquilmadores”, su debut literario, libro de cuentos publicado por Palabra Editorial en 2021 y que nos sumerge en una atmósfera perturbadora, extraña, con interconexiones secretas, claro, porque los cuentos dialogan entre sí, con una buena dosis de hilaridad e ironía, acaso también lucidez y amargura, cuando referimos al campo literario, ese veleidoso vaivén entre la gloria ligera y el presumible olvido.

– ¿Cómo surge el libro?

– «Los esquilmadores» es un puñado de cuentos que perfectamente pueden ser de 2018 o 2019 y cuyos temas y argumentos tal vez hayan sido pensados mucho antes, más allá de su fecha de publicación en noviembre 2021 por Palabra Editorial. En este sentido, los consejos de la escritora Eugenia Prado Bassi fueron fundamentales. Como dije, es un puñado de cuentos, pero también un puñado de piedras lanzadas al aire.

– El primer cuento es impreciso, pero altamente evocador, casi como un cuento de terror, nebuloso y siniestro. Además, temáticamente, distinto del resto del conjunto. ¿Cómo nace? ¿Por qué va al principio?

– Nace por el verbo esquilmar. Es decir, se puede crear una obra literaria a partir de una palabra. Con todo lo que involucra: menoscabar, agotar empobrecer, arrasar, arruinar, chupar una fuente de riqueza sacando de ella mayor provecho del que se debe… Piensa en el problema del agua, en los monocultivos. También es robar a un pueblo, a un país, a las personas. Una potencia esquilma a un pequeño país por la riqueza que tiene. La banca esquilma a la gente con la usura, una compañía lo hace con sus trabajadores… En fin, es un cuento simbólico que no precisa lugar ni tiempo, casi como un western oscuro y lleno de bruma. En relación al orden de los cuentos en el libro nada es al azar. Tal vez la clave está en lo que le sucedió al personaje Dr. Huerta. En el cuento que lleva su nombre, el narrador nos dice que el doctor conoce al escritor Prat después de leer Los esquilmadores y Laberinto. Es decir, los cuentos que inician y terminan el libro. Por lo que perfectamente podría decir que yo no los escribí, sino que más bien lo hizo el escritor Prat. Eso explicaría que el cuento homónimo tenga un tema y una escritura distinta al resto, más allá que le dé el título al libro. Como ya dije, es un relato brumoso, oscuro, como un western en negativo fotográfico, en un tiempo y lugar indeterminado. Totalmente simbólico, con un lenguaje frío y cortante como un cuchillo.

– Gautier, Céline, Mauriac, Musset, Tocqueville, y un largo etcétera. La presencia intertextual es considerable. ¿Cuántas de tus lecturas se despliega en tu ejercicio escritural?

– Mucho y poco. Mucho en el sentido que uno es lo que come, bebe, ve, etcétera, pero también lo que lee. Precisamente, el hecho de leer es lo que más agradezco a la educación formal. Por lo que claramente mis lecturas se manifiestan de manera explícita con la mención de alguna obra o de algún escritor, pero también de manera tácita… Y poco, en el sentido que, en la escritura, hay momentos y asociaciones que a veces escapan a la racionalidad y toman el camino de la intuición. Pero volviendo al tema intertextual, en el caso del libro Los esquilmadores, pienso que el asunto va más allá de mencionar un nombre. El lector atento se dará cuenta de algún guiño sutil que demuestra aquello.

– ¿Cuáles son tus influencias literarias? Encontré, puedo equivocarme, algunas reminiscencias a Manuel Rojas respecto a ciertas descripciones secas y crudas, pienso en el cuento «Los esquilmadores» y «Laberinto».

– Para hablar de mis influencias literarias, modestamente, tendría que recorrer la historia de la literatura desde la antigüedad grecolatina hasta el presente, mencionando a escritores por continentes o países o tendencias. Sin duda, un camino largo y serpenteante como dice la canción y que, en una conversación que no fuera una entrevista, los nombres surgirían solos, de acuerdo a lo que se hable, fluyendo… Por lo que prefiero, por ahora, no dar nombres. Y en el caso de Manuel Rojas, solo diría que Laberinto es un cuento ambientado en el sur de Chile, en la Patagonia y que puede que tenga algún diálogo o atmósfera o pasaje a lo Rojas. Con exaltación aventurera, de lucha, de hombre libre…

A su vez, en el cuento «Los esquilmadores», hay sed de justicia. Es sabido que en Rojas sus ideas anarquistas influyeron en su obra. En mi caso, los personajes tiran más para autárquicos, aventureros tanto por dentro como por fuera. En lo referente a las descripciones secas y crudas hay que recordar que precisamente esas dos narraciones fueron escritas por el personaje Prat. En los cuentos restantes el asunto es distinto, con otro tono. Más urbanos, citadinos, de un Santiago personificado en que el río Mapocho actúa como una cicatriz en su cara.

– A veces me da la impresión de que los cuentos que componen este libro son recortes de textos mayores, unidos por temáticas y personajes, ¿cómo fue el proceso de creación y selección?

– Algunos personajes del libro aparecen en una novela que escribí y que aún no publico. Dichos personajes se explayan y desarrollan, en este nuevo libro, por caminos inesperados. De hecho, una de las características del libro es que personajes como Prat, Huerta y sobre todo Félix aparecen en más de un relato. En el caso de este último, se pasea por algunos cuentos en diferentes momentos de su existencia, ya sea como un adolescente que consume drogas, un veinteañero poeta o tal vez como un sujeto de treinta o cuarenta años que camina por las calles de Santiago y Buenos Aires, comprando libros y conociendo gente. Siempre silbando una melodía mientras camina. La canción con la cual estaba pegado por esos días y que nunca se devela. Será tarea del lector activo imaginar una canción de acuerdo al contexto o a su gusto personal. También hay un par de personajes que nunca se menciona sus nombres. Ellos narran los acontecimientos desde cierto anonimato, lo que, tal vez, les dé una comodidad y perspectiva mayor de los acontecimientos.

– Leo: “A medida que Prat iba envejeciendo, muchos estudiantes de literatura y escritores jóvenes empezaron a buscarlo. Tanta veneración me da risa, le dijo a más de alguien, considerando que siempre había despreciado a los que iban tras los próceres de la literatura chilena”. ¿Quién es realmente Prat?

– ¡Wow! La pregunta del millón. Me la formulan a menudo las personas que han leído el libro. Prat es un escritor que, de repente, se convierte en un ícono pop, influyente tanto por su obra como por su imagen. Como tantos escritores (para qué dar nombres) que tienen un séquito de jóvenes y jóvenes-viejos que buscan al padre literario. Siempre se conoce gente que era o es amigo de un viejo escritor al que rinden pleitesía y bla bla bla…

– Hay alusiones sardónicas a la camarilla literaria, y también a cierto mundillo siútico, pero siempre lo rodeas, sin mencionar nombres o situaciones específicas. ¿Esto fue pensado así? ¿Qué piensas de los próceres de la literatura chilena?

– Seguirán los próceres y las vacas sagradas. Con ellas no hay que meterse. Salvo para leer, releer y, me imagino, seguir estudiando sus obras. En relación al mundillo literario nacional hay de todo, siempre ha sido así. Gente que escribe muy bien y de bajo perfil. Dedicados a su oficio con una honestidad y talento admirable. Otros, en cambio, parece que están más preocupados de banalidades, considerando que es muy común leer publicaciones sin sustento, sin consistencia, por decirlo de alguna manera. O que están en la onda “buena onda” con los temas de moda… Parece que hay mucha gente que publica por el mero capricho de hacerlo, por ver su nombre en alguna portada… En el cuento «Diáfana» se narra algo de eso con el personaje Uribelarrea Unzué, el cual, representa a un abogado argentino (pudo haber tenido otra profesión o nacionalidad) que decide convertirse en escritor y para ello realiza un taller literario con un connotado escritor. Un capricho.

También, en el cuento «9:10» menciono a los “oscuros bipolares cuáticos” que frecuentaban el Goethe Institut en los años noventa como una representación de algunos literatos desquiciados y caretas, propenso a realizar zancadillas. Siempre ha sido así. Y no doy nombres porque sería otorgar importancia a gente que no lo merece. Pero son cosas que pasan en el Reyno de Chile. La verdad, es que me da lo mismo porque lo he visto desde que era muy joven, desde el siglo pasado, como un espectador atento.

– ¿Cómo se insertan las imágenes en el conjunto del libro? Pienso que estas fueran parte de un entramado simbólico que prolonga en lo estético los tópicos abordados en el volumen, y que bien pudiera resumirse en la presencia de lo bestial.

– Ciertamente. Las sugerentes imágenes del fotógrafo chileno-francés Nicolás Folch, que se intercalan entre los cuentos, otorgan una atmosfera especial a la experiencia de lectura. Lo mismo ocurre con el diseño y portada a cargo de Prado Bassi. El trabajo de Palabra Editorial captó perfectamente el concepto de conjunto, la unión entre texto, imagen y el objeto libro, donde lo salvaje y mortal se complementa con el simbolismo de los relatos. Como en el cuento titulado Vogel (apellido alemán que en español significa pájaro). Lo bestial está muy presente. Un toro como símbolo de los miedos más profundos, los perros como símbolo de lealtad y también como víctimas de abuso por parte de sus amos. Pájaros, el color azul, la luz salvadora que puede emerger de los momentos oscuros, etc. Hay capas de lecturas, primero las historias y sus argumentos en sí, y después, según el tipo de lector, las interpretaciones. No digo “otra lectura” porque es muy siútico, de siútico académico.

– Hay un personaje llamado Luis, y que se describe como “extraño”, ¿qué tanto de ti se encuentra en estos cuentos? ¿O solo un coqueteo, un gesto ambiguo entre ficción y realidad?

– Es como una especie de cameo cinematográfico. Un recurso utilizado por muchos escritores. Miller se despliega como personaje central en sus libros, Auster, Houellebecq, por citar algunos ejemplos, también lo han hecho. Pero en mi caso es solo de pasada. Que ese personaje Luis aparezca ayudando con un dato de trabajo al joven Félix Delgado muestra solo una faceta mía que es la de ser un melómano. Nada más.

– ¿Con qué se podrán encontrar los lectores al leer tu libro?

– Cada vez son más variadas las respuestas que recibo cuando pregunto a los lectores qué cuento fue de su agrado. Unos se sienten identificados con «Diáfana» por su ambiente bonaerense, de atracción sexual y de bibliofilia. Otros, en cambio, con «9:10» porque muestra algo del ambiente literario de los años noventa. O con «Los inadaptados», también ambientado en la última década del siglo pasado, donde un par de personajes buscan el arte y la poesía para escapar de una rutina laboral que los enferma. En fin, así son las cosas. A diversidad de escritores se agrega la diversidad de lectores. Cada uno con su visión de mundo. Pero contestando directamente a tu pregunta, diría que los lectores se encontrarán con nueve cuentos que pueden interpretar a hombres de diferentes edades y épocas, con virtudes y defectos. Con fisuras temporales en la vida de personajes que, en su mayoría, tienen relación con la literatura o que, en un momento dado, experimentan placeres, peligros, desafíos y una que otra epifanía.

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