La cosecha de muerte de una ideología del odio: El antisemitismo y sus secuelas

¿Existe alguna doctrina -por llamarla de alguna manera- más miserable que el antisemitismo? En primer lugar, se trata de una concepción profundamente llena de odio hacia un pretendido responsable de todos los grandes males de la humanidad: el judío (y el judaísmo). Un responsable que, por serlo, merece ser marginado de la sociedad, expulsado o cuando no derechamente exterminado.

Asimismo, es la más absurda y más falsaria de todas las teorías de la conspiración posibles. Comenzando por Los Protocolos de los Sabios de Sión, publicados por primera vez en 1902 en Rusia y cuya elaboración fue fruto de la policía secreta zarista en Francia. El mismo zar Nicolás II llegó a lamentar que fuesen falsos, pero siguen siendo publicados y difundidos por grupos neonazis como documento fidedigno para justificar su antisemitismo.

La propia noción del judío es tan cambiante como el blanco que se pretende atacar. Así, para los nazis, el judío era el bolchevique y también el capitalista de Wall Street; para otros gobiernan Estados Unidos o controlan la banca mundial o las Naciones Unidas. Así, es una concepción que incluye cualquier cosa dentro, por ilógica, contradictoria o absurda que sea. Por supuesto la agenda 2030 de la ONU es considerada también por grupos antisemitas una conspiración del judaísmo internacional.

Cuarto, el antisemitismo puede florecer al interior de cualquier corriente religiosa y política. Históricamente, el antisemitismo nació dentro del cristianismo, sea en su variante católica como protestante. En el primer caso, podemos recordar a Quevedo; en el segundo, a Lutero, ambos ferozmente antisemitas. En el ámbito político, el antisemitismo ha florecido mayormente en la derecha, pero está también en sectores de izquierda. Dos grandes revolucionarios anarquistas como Proudhon y Bakunin fueron antisemitas y también los «revisionistas» (léase: negacionistas) de la editorial La Vieille Taupe (El Viejo Topo, una expresión usada por Marx en El Dieciocho Brumario), en Francia.

Asimismo, la última gran persecución de Stalin, en 1953, contra el imaginario “complot de los médicos”, tuvo un indudable sello antisemita. Cabe recordar que muchos de los dirigentes que hicieron la revolución de 1917 -y condenados a muerte por Stalin en sucesivas purgas o juicios espurios-, eran de ascendencia judíos, entre ellos, Trotsky, Bujarin y Zinoiev.

Lo fundamental: el antisemitismo ha sido el basamento ideológico de “los más horrendos crímenes que registra la historia de la humanidad”, como le escribió Salvador Allende a Simon Wiesenthal en 1972. La persecución de los judíos comenzó en el siglo IV A.C, desarrollándose con especial virulencia a partir de 1492 con la expulsión de los judíos en España. En el siglo XIX, con la emancipación de los judíos en toda Europa, el antisemitismo tomó un carácter biologista y racista, que fue desplazando, aunque no completamente, el antisemitismo religioso.

Esta nueva tendencia alcanzó su clímax con el régimen nazi en Alemania, que llevó a cabo un proceso de exterminio de los judíos europeos en proporciones monstruosas, afectando también a gitanos, prisioneros de guerra rusos, homosexuales y opositores políticos. No debe olvidarse jamás que el genocidio no se detuvo ante ancianos, niños ni mujeres y hombres completamente indefensos. Este solo hecho debería obligarnos a condenar completamente cualquier noción que conduzca, nos aproxime o absuelva al antisemitismo.

Hoy en día, entre ciertos sectores de derecha y a veces también de izquierda, a través de los medios de comunicación y las redes sociales se difunden diversas versiones sobre conspiraciones mundiales, en las que, de manera más abierta o más velada, se busca culpar a los judíos de ser un poder mundial en las sombras, mencionándose a los Rockefeller o a George Soros como cabezas de dicho poder.

En nuestro medio, un conocido escritor, Miguel Serrano (1917-2009), se declaró públicamente defensor del hitlerismo esotérico y enemigo del judaísmo satánico. Lo anterior no le impidió ser embajador de Chile, bajo los más diversos gobiernos, en la India (1953-1962), Yugoslavia (1962-1965) y Austria (1965-1971). Convencido de que Hitler no murió y se ocultaba en la Antártida, viajó en su búsqueda en el año 1948. Siguiendo viejas tradiciones antisemitas, en sus obras y entrevistas desenmascaraba a personajes políticos como judíos: Patricia Politzer y José Joaquín Brünner, entre otros.

Aún peor, en una entrevista televisada de 1999 con Marcelo Comparini, Serrano no tuvo ninguna inhibición en hablar abiertamente de su nazismo y de las presuntas mentiras del holocausto. Fue más cuidadoso con Cristian Warnken, quien lo entrevistó en 2002, sin hacerle nunca ninguna pregunta o cuestionamiento al respecto. Incluso le escribió un homenaje a su muerte. Algo difícil de explicar. ¿Cómo un promotor tan sostenido de una postura moderada, tolerante y democrática, decide silenciar en su diálogo que está frente a un defensor acérrimo del nacionalsocialismo y del antisemitismo y todavía le rinde un homenaje a su fallecimiento? Miguel Serrano, más allá de su nacionalsocialismo esotérico, había rendido público homenaje a Walter Rauff, Coronel de las SS, en su muerte (aún circulan las imágenes haciendo el saludo nazi), responsable directo de la muerte de cerca de trescientas mil personas, además de colaborar con los aparatos represivos de la dictadura militar en Chile.

No es de extrañar que el antisemitismo aparezca y reaparezca una y otra vez con cara de poético esoterismo, de teorías conspirativas internacionales o en su versión más brutal de violencia callejera ultraderechista. Decir que el antisemitismo es producto de la ignorancia o el prejuicio es acertado, pero no existe sino en la medida en que haya fuerzas que lo propaguen y lo asuman como propio. El nazismo es la peor expresión del antisemitismo, pero no es la primera ni la única. Tampoco la última. Coquetear con el antisemitismo es sembrar el odio. Su único resultado práctico es el que ha tenido siempre: dolor, destrucción y muerte.