La literatura de los nietos: sobre “Nosotros estudiamos y escribimos hebreo” de Rafael Guendelman Hales

Lenguaje, memoria y territorio son tres ejes que el arte chileno contemporáneo ha explorado a partir del rendimiento mnemotécnico del video y la fotografía, especialmente después del Golpe. Dicho rendimiento se ha visto aumentado por los flujos migratorios, como es en el caso del cuerpo de obra y biografía del artista audiovisual Rafael Guendelman Hales, atravesado por la diáspora palestina, en medio de otra diáspora: la israelita.

En esta ocasión, Guendelman presenta el libro “Nosotros estudiamos y escribimos hebreo” (2022), esto, bajo el cuidado y edición de Claudio Guerrero y el diseño de Gracia Echeverría. Guerrero ya ha indagado en la relación entre lenguaje y memoria a partir de otra artista: la chileno-italiana Claudia Lee, quién a principios de este año expuso una contundente retrospectiva de 20 años de producción visual en el MAC (sede Parque Forestal).

A grandes rasgos, “Nosotros estudiamos y escribimos hebreo” es un libro de artista bastante curioso como objeto cultural, más allá de que el formato “libro de artista” se preste para extravagancias de toda índole, como lo han demostrado otros artistas chilenos, entre ellos Juan Luis Martínez, conocido por los míticos, escasos y carísimos ejemplares de La nueva novela (1977), libro de artista en el que se pueden encontrar hasta anzuelos y bolsas de tierra en su interior.

Si bien este libro de Guendelman editado por Guerrero prescinde de ese tipo de excentricidades, la simpleza de su factura implica un desafío en su lectura y recepción crítica, en la medida de que agrupa elementos propios de diversas tipologías editoriales que exceden al libro-literario como objeto cultural que cumple con determinadas características formales que lo identifican como tal.

 

«Nosotros estudiamos y escribimos hebreo» corresponde a un volumen heteróclito, ya que tras una primera ojeada se pueden constatar elementos propios del foto-libro, el álbum familiar, el silabario, la guía turística y la foto-novela. Todo esto con una sutil cuota de ironía en el relato visual, fuera del molesto y dramático lugar común de las obras que tematizan diásporas, exilios y desarraigos; licencia humorística que sólo pueden darse quienes han padecido dichas violencias directas y simbólicas, o también –como sucede en este caso– de sus familiares directos. El artista es de ascendencia judía por el lado paterno y palestina por el lado materno. Gran parte de los materiales que componen el cuerpo de este libro fueron hallados dentro de las pertenencias de la abuela paterna del artista, años después de que ella falleciera.

«Formas de volver a casa» (2011), la tercera novela del escritor chileno Alejandro Zambra, incluye un capítulo llamado “La literatura de los hijos”, conceptualizado por la crítica literaria local para dar cuenta de un fenómeno generacional que excede y a la vez contiene parte de la literatura de Zambra.

Así, “La literatura de los hijos” refiere a aquellas escrituras de quienes vivieron la dictadura como niños o adolescentes, repitiéndose la metáfora del hogar como espacio de intimidad familiar, en el que los protagonistas –los hijos– retornan para cobrar cuentas ético-morales a sus progenitores, por lo que hicieron o dejaron de hacer políticamente en esos años de violencia institucional. En ese sentido, filial y genealógico, la tesitura que adopta el relato entre imagen y palabra elaborado por Guendelman es el de una literatura visual de los nietos; esos sujetos irresponsables –sin deberes–, exculpados, pero con todo el derecho a la herencia familiar e histórica que los antecede. Sólo un nieto puede intrusear en el baúl de su abuela sin ofender a la respetable veterana.

De un modo similar a la literatura de Zambra, la familia atraviesa la obra de Guendelman como un eje conceptual que se distancia del discurso conservador con el que usualmente se alude a “lo familiar”, en tanto símil de la propiedad privada que se debe preservar a toda costa, para proteger su legado y así mantenerlo inviolable.

A la manera del filósofo italiano Giorgio Agamben, Nosotros estudiamos y escribimos hebreo profana el legado familiar de su autor, volviendo pedestre el idioma sagrado –el hebreo– para ofrecerlo despojado de ocultismos, traducido al español y al inglés para el goce profano del lector. Conocido es el breve aforismo italiano “traduttore, traditore” (traductor, traidor), que cobra especial relevancia cuando se piensan los procesos de sincretismo cultural mediados por el lenguaje; por ejemplo, la colonización de América estudiada a nivel lingüístico por Tzvetan Todorov.

Para el lingüista búlgaro, la traducción de las lenguas amerindias al castellano fue un proceso de traición, a propósito de la Malinche, espía y traductora indígena de Hernán Cortés, que entregó a su pueblo a la corona española a través de la profanación del lenguaje autóctono. Al respecto, Rafael Guendelman juguetea paródicamente a ser la Malinche traidora de su herencia judía a través de su producción visual, valiéndose de la fotografía y el archivo como armas de combate en lugar del lenguaje.

En palabras del artista:

“El día que enterramos a mi abuela fue la primera vez que visité el cementerio judío en Recoleta. Recuerdo el ataúd sencillo con un empalillado de pino, que dejaba ver entre cada listón, el cuerpo de mi abuela en una sábana blanca. Toda la familia la enterró. Un día, años más tarde, me encontré con las cosas que quedaron de mi abuela, había unos extraños cuadernos con palabras sueltas en español y en hebreo. Palabras o frases que no tenían sentido aparente en sí mismas, pero que de alguna forma armaban el imaginario de un Israel abstracto y subjetivo. Más tarde supe que no sólo le sirvieron a ella para aprender hebreo, sino también para enseñar español a sus amigas de Tel Aviv”.

El libro ordena esas palabras y frases sueltas de la “A” a la “Y”, disponiendo cada una en una página diferente del libro y acompañadas de una fotografía a modo de ilustración de su significado, como si se tratase de un diccionario para turistas. El formato del libro escogido no es casual, pues resulta similar a la de la obsoleta Turistel, guía turística impresa inolvidable para quienes fuimos veraneantes entre los 80 y principios de los 2000 en Chile. Es en la yuxtaposición de imágenes y palabras donde aparece el gesto autoral e irónico en la publicación impresa, ya que varias de las fotografías no coinciden con el sentido literal de la palabra o frase suelta, incluso rayando en la belleza sublime de la crueldad.

En ese sentido, es necesario recalcar que algunas fotografías incluidas en el libro provienen del archivo familiar de su autor y otras fueron captada por él mismo. Fechadas entre 1955 y 2021, corresponden a imágenes de un territorio atravesado por la guerra permanente y la masacre humana de un pueblo-nación por el otro: “Palestina ocupada” (así lo llama la madre del artista, nieta de palestinos y jordanos).

Esta yuxtaposición disociada entre imagen y palabra nos recuerda finalmente que toda lengua se sostiene en la arbitrariedad de la relación entre significado y significante, lo que se dice y cómo se lo dice. En este marco, destacan dos páginas de toda la serie compuesta por Guendelman.

La primera: una fotografía de 1973 de un paseo familiar en la plaza de San José de Maipo, donde aparece una cámara fotográfica minutera asociada a la frase “Arma de combate”, atribuyéndole características bélicas a la propia fotografía; esa analogía entre la cámara y el arma remite ineludiblemente a uno de los aforismos que Susan Sontag planteó sobre la fotografía: no es casual que los verbos alusivos al acto fotográfico, entre ellos, capturar y disparar, emanen un aroma a violencia.

La segunda fotografía fue tomada por el artista en Tel-Aviv el 2017. En la sección superior, el mostrador de una tienda de cotillón en el día nacional de Israel; en la inferior, una vitrina con 18 revólveres del museo de la fuerza de defensa de Israel. Ambos recortes –el cotillón israelita y el arsenal– son consignados con la frase “Campamento de diversión”.

Rafael Guendelman materializa la tríada conceptual entre lenguaje, memoria y territorio a través del archivo y la fotografía. Retomando la posibilidad de una literatura de los nietos, se hace necesario pensar las trayectorias históricas puestas en juego –o campo de batalla– a lo largo del relato visual.

Trayectorias históricas acompañadas de desplazamientos territoriales, que a su vez dan cuenta de las utopías y de los fracasos de dichos proyectos políticos, ahora experimentados a nivel familiar y documentados en el libro. Nosotros estudiamos y escribimos en hebreo puede leerse como el remake de una road-movie de más de seis décadas entre Chile e Israel, o también, como se desprende de los textos de Claudio Guerrero, como un documental falso. Por alguna razón que todavía desconozco, el libro contiene imágenes de la revuelta de octubre de 2019. La revuelta de los nietos, que tuvimos la oportunidad de hacer documental nuestra literatura de ficción. Era demasiado bella para ser real. El resto, dijo Hamlet, es silencio.