“La luna era mi tierra”, de Enrique Araya, una novela chilena de mediados del siglo pasado

Dentro del contexto de relaciones laborales, conocí al joven profesor de arte Benjamín Araya Ariztía en el colegio San Agustín, donde trabajo hace más de treinta años. En la sala de profesores, compartíamos un café y sostuvimos una breve conversación sobre pintura y algo de literatura. No recuerdo exactamente cómo dimos en hablar de un escritor de quien había leído hace cuarenta o más años su novela “La luna era mi tierra”, Enrique Araya.

Tal vez por asociación de apellidos, habiendo nombrado también a otro autor conocido, narrador y poeta, Roberto Araya, entre los que en ese momento recordé, tenía memoria de aquella novela leída en los tiempos universitarios, en que solía ir a la Biblioteca Nacional a leer principalmente literatura chilena. La literatura tiene sus designios, sus movimientos sorpresivos y “mágicos” en el tablero de ajedrez de la vida… El profesor Benjamín era uno de los muchos nietos de Enrique Araya, aquel escritor del que habíamos terminado inesperadamente hablando.

A los pocos días, Benjamín apareció con un libro de Enrique Araya, “Las tres lunas”, edición muy cuidada, de lujo, publicada por Origo Ediciones en el año 2012, con ilustraciones de Jorge Délano (Coke), en las que venía la novela “La luna era mi tierra” (publicada en 1948). Me regaló esa bella edición y me propuse volver a leer, ahora después de cuatro décadas, uno de los libros de mi entonces juventud adulta.

La recordaba como una obra con un agudo y sutil sentido del humor, y me reencontré con ese mismo, pero esta vez añadí otros matices que o no había captado entonces o había olvidado: el otro rostro que a veces tiene el humor…

Eustaquio Arredondo Adriazola, el protagonista, se vuelve a mirar el camino recorrido, rememorando desde los cinco años en adelante, destacando anécdotas y figuras que fueron imborrables; desde la casa familiar, las tías viejas; lugares como Santiago, Papudo, Constitución; los tiempos escolares, los universitarios; la carrera de Derecho “cuesta arriba” porque su llamado profundo, su vocación, lo lleva hacia algo distinto; los enamoramientos; el llamado de la sensualidad y la sexualidad; los negocios; el tiempo laboral; la incursión en política; en fin, el trayecto de la vida.

Todo ello desde la experiencia de un protagonista que ve el mundo desde su ser poético, humorístico, pero también con esa cuota de ironía ante los fracasos que también va encontrando. A veces Eustaquio parece un personaje de la picaresca española, agudo, habilidoso en su encuentro con los obstáculos de la existencia cotidiana, sorteándolos ingeniosamente; otras, una suerte de Don Quijote, en que enfrenta los “molinos de viento” con los mismos resultados del ilustre hidalgo manchego.

Menciona varios libros, entre ellos cita como lecturas al Quijote y, de su romántica juventud, “María” de Jorge Isaacs (¡cuánto también quise esa novela en mi adolescencia! ̶ “Romántico el joven”, me decía mi profesor de castellano en los tiempos de liceo, el Señor Polanco, como respetuosamente lo llamábamos, cuando me veía con el libro ̶), “Werther” de Goethe y, más adelante, “El hombre mediocre” de José Ingenieros, obra que es un referente para él, para no aceptar ser parte de un rebaño, de la masa.

Eustaquio es, en el fondo, un artista, un poeta que no habla directamente de versos ni de poesía, pero sí lleva esa mirada “diferente”, ese ir como al lado del camino donde todos transitan, “por donde van los hombres, contentos de vivir…” en el decir mistraliano, con ese sabor agridulce de cómo se va sintiendo la vida. Hay también en el relato lugar para el amor, la familia, los hijos, la risa, las reflexiones sobre la muerte, y en el capítulo final se resuelve por qué “La luna era mi tierra” para el protagonista.

Sí, una lectura de hace décadas tenía aquello recordado: el humor de este autor; pero ahora, ya con bastante vida a cuestas, con mucho más que eso: un protagonista que revisita su existencia, dando una mirada a veces luminosa, otras sombría; que va desde el “reírse de sí mismo”, como parte del comienzo de la sabiduría, a una serena seriedad ante “las cosas de la vida” y lo que nos sucede…

Una hermosa novela que transcurre en ambientes citadinos y rurales, cercana, clara, casi familiar, como si conociéramos desde siempre al protagonista y nos encantara escuchar lo que quiere contarnos. También es asomarse al Chile de mediados del siglo pasado.