Libro «Todo se rayaba, todo se escribía» sobre panfletos y murales de los 80: «solidaridades y complicidades recíprocas»

Este libro ha sido escrito a casi 50 años del golpe militar y a 40 años de la década de los ochenta. Para quienes vivimos los tiempos de dictadura y resistencia, esos eran tiempos de horror e incertidumbre. De ahí que este libro se lea desde el desasosiego que produce recordar el arduo y silencioso trabajo de la resistencia en nuestro país. El camino fue largo, tortuoso y en él se perdieron muchas vidas.

Leer el libro del equipo de arqueólogas/o Nicole Fuenzalida, Simón Sierralta y Catalina Cornejo a la luz del actual horizonte político post plebiscito es ciertamente una lección de memoria y no olvido para los tiempos que vienen.

Debo decir que este libro nace de una investigación arqueológica sobre nuestro pasado reciente, por tanto, es a partir del estudio de las materialidades que se propone conocer y comprender los procesos sociales que le dieron forma y posibilitaron las narrativas de la resistencia en tiempos de dictadura.

Tal como los autores nos narran, los murales y los panfletos fueron dispositivos antidictatoriales que acompañaron la resistencia contra la muerte, la tortura y la desaparición. Pero dichos soportes materiales no solo permitieron hacer frente a la experiencia represiva, hoy ellos se nos ofrecen como los vestigios de una memoria histórica que perdura y alecciona en el NUNCA +.

Las preguntas que orientan esta investigación son muchas. Ellas ciertamente podrían haber sido enunciadas desde cualquier disciplina de las ciencias sociales, solo que aquí, las respuestas se excavan y buscan en los vestigios materiales: ¿Qué características tienen los panfletos y murales durante los ochenta?, ¿qué relación guarda su producción con la protesta de masas?, ¿cómo se articularon la práctica muralista y la elaboración de panfletos en estos años?, ¿cuál es su asociación con las tradiciones políticas, sociales y estéticas originadas en la Unidad Popular?, ¿es posible considerar a los panfletos y murales como expresión de la política antidictatorial?

Me atrevo a señalar que en las respuestas que se ofrecen a estas complejas preguntas, podremos encontrar al menos cuatro lecciones relevantes sobre este pasado reciente que es el nuestro:

Uno, de las cortezas y cicatrices en la memoria: En tiempos de dictadura, sabemos –y así lo advierten los autores– que la producción de panfletos y murales no fue una labor fácil, ella desafiaba la Ley de Seguridad Interior del Estado. Intervenir el espacio público podía suponer arriesgar la vida y mucho más. La represión y borramiento que los agentes de control impusieron a estas materialidades, no solo condicionaron el carácter siempre fugaz de la huella material; también impusieron y dejaron importantes cicatrices sobre los cuerpos, los muros y las calles de nuestra ciudad. De allí que rastrear estos objetos a cuarenta años de su elaboración, sea por definición una necesaria y dolorosa arqueología de las memorias enterradas.

Dos, del tejido y el movimiento en la insubordinación: Si algo se constituyó de manera silenciosa e invisible durante la dictadura, fue ese entramado de solidaridades y complicidades recíprocas. Una solidaridad que lejos de institucionalizarse, adquirió la potencia del gesto y del movimiento, como diría Georges Didi-Huberman, para permitir la insubordinación al modelo imperante. La única posibilidad de ser para esos murales y panfletos era el tejido de complicidades silenciosas que, como soportes invisibles facilitaban el movimiento del gesto veloz en su manufactura. El éxito del gesto insurrecto se jugaba justamente en su capacidad de permanecer atado a esa red de confianzas y lealtades en la resistencia.

Tres, de la ciudad como escenografía: Las prácticas de insurrección y resistencia de las que nos habla este libro, transcurren fundamentalmente en la ciudad. Ellas se valen de las posibilidades urbanas del anonimato y del escondrijo que toda gran ciudad ofrece para poder escabullirse. En tiempos en los que el espacio público se encontraba vacío, obligatoriamente vaciado de muchedumbres y aglomeraciones masivas, el panfleto permitía, al menos, desordenar en un aleteo irreverente ese orden del silenciamiento. La condición urbana de estos gestos y manufacturas permitía devolver al espacio público su carácter de expresión política. Murales y panfletos devolvían a la ciudad la polifonía de la experiencia urbana. El espacio público lograba así recuperar algo de su carácter plural, participativo, igualitario y, por definición, conflictivo.

Cuatro, del arte crítico y la política: Lanzar un panfleto al aire y asegurar que el mensaje pudiera ser leído por los transeúntes, era ciertamente una aventura de final incierto. De allí que, como se indica, para asegurar la circulación de la propaganda e información, los panfletos tenían que ser producidos en serie. Sin embargo, mientras el mensaje del panfleto – siempre en formato pequeño– era breve y la comunicación directa; el mural –de dimensiones grandes y visibles– apelaba a la permanencia en un territorio. Mientras los panfletos podían fabricarse y distribuirse de manera solitaria y rauda, la elaboración del mural incorporaba siempre a un colectivo, una brigada y una organización. En los términos del filósofo Jacques Rancière, podríamos decir que en el panfleto como en el mural, la esencia de la política era y sigue siendo el disenso. El disenso entendido como esa interpelación del orden establecido que permitirá distorsionar el estado aparentemente inmutable de las cosas. suficiente para producir los «puntos de fuga» necesarios para el cambio político y social. Tal como nos advierte Nelly Richard, los movimientos de resistencia y disidencia –como esferas políticas que son– pueden generar fisuras al interior del sistema hegemónico.

Estas son algunas de las lecciones de vida y de política que Nicole Fuenzalida, Simón Sierralta y Catalina Cornejo nos regalan, en su arqueología de nuestra historia reciente.