Obra «En toda alma hay una marca oscura que es necesario ocultar»: la fragilidad del bien

En el libro VII de la historia de Heródoto, cuenta como un exiliado espartano se refiere a la radical pobreza material que siempre ha sido compañera del territorio de la Hélade. Al mismo tiempo, el espartano piensa que, precisamente esa pobreza, sería la que permite la existencia de la Areté, este último es, ciertamente, un concepto intraducible, pero puede entenderse como el conjunto de valores modélicos (artísticos, guerreros, políticos, humano-culturales), que harían de un griego un ciudadano perfecto.

La cuestión no es menor si pensamos que esta visión, hasta cierto punto, cruza -como una matriz de sentido- casi toda la cultura griega y, por lo mismo, reviste de una suerte de referencia que pende sobre la cultura occidental.

La fuerza de la naturaleza es enorme y vasta, la humanidad, pequeña y débil, pero esta última, a través de su voluntad e inteligencia, de la acción competente y eficaz (la tekné) logra sobrevivir, aunque siempre debería hacerlo (como nos enseña la tragedia) con la consciencia de lo humilde y frágil que es la existencia.

«En toda alma hay una marca oscura que es necesario ocultar» es un montaje que, con temporada en Matucana 100 por estos días, tributa a este problema que podríamos denominar como colectivo/existencial, toda vez que refiere a un cuestionamiento en torno a la vida misma, en su sentido material y humano, pero englobando a un colectivo, pues, lejos de poner el acento en la individuación (tradicionalmente el modo de encarar el asunto desde de la lógica burguesa), se centra en la comunidad.

El montaje, inspirado en la obra de Henrik Ibsen «Los pilares de la sociedad», efectivamente, genera una filiación con el texto del dramaturgo noruego, a partir del posible cuestionamiento de cómo las fuerzas no humanas caen -y a menudo definen- el destino de la humanidad. Sin embargo, creo que el montaje chileno toma esta plataforma y se moviliza por sí mismo, aunque, claramente, la relación con Ibsen (probablemente uno de los mejores dramaturgos de la historia contemporánea) de cuenta de como este fue, a pesar de lo que la academia suele pretender, una excepción al clásico realismo, precisamente por ser un burgués critico de su propia burguesía. Así, «En toda alma hay una marca oscura que es necesario ocultar», se alimenta de Ibsen, pero crece según su propio sendero.

El texto de la obra, de Juan Pablo Troncoso, está muy bien construido, se sostiene sobre la fragmentación y el dinamismo de las voces, pero a partir precisamente de ello, consigue organizar un discurso completo que, por cierto, requiere permanentemente del público para ser completado. Llena de intersticios, la dramaturgia otorga especial potencia a lo no dicho o, al menos, a lo entredicho, a eso que queda susurrándose en el subtexto… si es que el subtexto existe como tal, puesto que, después de todo, al menos en el arte, la distancia entre forma y fondo es, con suerte, borrosa.

La dirección de Nicolás Espinoza trabaja muy bien el material dramatúrgico, lee de forma ingeniosa y creativa los sentidos posibles del universo planteado y los enriquece al dotarlos de cuerpos, voces, situaciones cinéticas y, sobre todo, de interrelaciones semióticamente cargadas entre todos estos elementos; de algún modo, Espinoza toma la base textual y la amplía escénicamente, nutriendo con ello un espectáculo complejo, bien estructurado, lleno de sentidos posibles, a la par que estéticamente irreprochable.

Muy probablemente, todo lo anterior sería imposible, si la obra no tuviese actrices y actores que fuesen capaces de sostener esta creación y, lo cierto, es que el elenco levanta la propuesta con fuerza y eficiencia, organizando las acciones a partir de sus interpretaciones en coherencia con el trabajo directorial y el sustento textual.

María Paz Grandjean propone los diversos personajes que realiza con la virtud de quien tiene peso histriónico y experiencia; le bastan dos o tres gestos, apenas una mínima energía, para dibujar y construir a la perfección sus caracteres. Rafael Contreras también conduce la energía de sus personajes desde la solidez del cuerpo y la voz, sin lugares comunes, por el contrario, su actuación entrega seres complejos y llenos de matices. Por otro lado, Verónica Medel es pura explosión de energía, forma dotada de sensibilidad y hondura. Llena de humor, de nostalgia, de drama, su actuación es una suerte de carnaval constante.

Catalina Devia, con el diseño integral, ejerce una profunda influencia en el montaje, dota a toda la escena de lógica estética, se trata de un diseño que, más que una propuesta absoluta, funciona (literalmente) como un modelo para armar, precisamente en connivencia con la dramaturgia, de ahí, quizá, que el diseño audiovisual de Pablo Mois se ejecute del mismo modo, dialogando con la escena y, sobre todo, con las actuaciones. Es correcto decir que no están solos en este trabajo, porque -como no- la sonoridad (o la ausencia de ella) es un aspecto relevante en todo espectáculo teatral y, en este caso, es muy notable. Universo y diseño sonoro a cargo de Federico Palma y Daniel Marabolí respectivamente, dan cuenta de una relación sostenida, sensible y bien repujada, íntimamente ligada con las acciones escénicas, construyendo un tejido sígnico que fomenta múltiples interpretaciones de los hechos, emociones y cuerpos que se escenifican.

«En toda alma hay una marca oscura que es necesario ocultar» es una obra que nos recuerda nuestros límites y fragilidades como raza y experiencia humana, en un tiempo donde esta criatura viva y emotiva que llamamos tierra parece desangrarse, nos invita a pensar que lo más humano que podemos hacer es conectar con la idea que estamos imbricados en finas y complejas, íntimas, relaciones con el planeta y que no somos el centro del mismo, sino un engranaje como tantos otros.

El montaje se trata de un trabajo que pareciera pretender recordarnos nuestros límites, de hecho, al ver la obra, no pude evitar pensar en las tres sentencias fundamentales del oráculo de Delfos (de las miles que adornaban sus muros), Gnotti seauton, Epimelé seauton y Meden agan (conócete a ti mismo, cuida de ti, conoce tus límites).

No quiero con esto ser snob ni sacar a relucir una enciclopedia que tampoco es tan amplia en mi caso, tan solo sucede que la obra, efectivamente, me hizo pensar en que estas máximas provienen de una antigua, muy antigua forma de pensar a la humanidad frente a la tierra y la relación que sostiene con esta, una relación en la que las personas (hombres, mujeres, niños) dependemos mucho más de este animal vivo en el que habitamos, que este de nosotras y nosotros, así las cosas, haber dominado a esta gran diosa salvaje, quizá solo sea (como muy bien retrata el montaje) el engañoso pavimento a nuestra extinción.

FICHA ARTÍSTICA:

Dirección: Nicolás Espinoza | Dramaturgia: Juan Pablo Troncoso | Elenco: Verónica Medel, Rafael Contreras, María Paz Grandjean | Diseño integral: Catalina Devia |Diseño audiovisual: Pablo Mois |Universo sonoro: Federico Palma |Diseño sonoro: Daniel Marabolí | Producción: Coté Durán | Asistencia producción: Lynda Mebtouche | Diseño gráfico: Javier Pañella | Comunicaciones: Fogata Cultura | Asistencia teórica: CIGIDEN

Una coproducción con: Ibsen Scope y Matucana 100
Con el apoyo de: Embajada de Noruega, Estación Mapocho, Universidad Mayor, Espacio Checoeslovaquia

COORDENADAS:

5 al 20 de noviembre
Miércoles a sábado 20:00h y domingo 19:00h
Matucana 100, Espacio Patricio Bunster