«Piedras Blancas, la escuela de tortura», de María Isabel Mordojovich: el punto de vista de los vencedores

A punto de cumplirse medio siglo del Golpe militar que impuso en el país la dictadura de las Fuerzas Armadas encabezadas por el general Augusto Pinochet continúan apareciendo novelas que nos sacuden respecto a los sucesos acaecidos en aquel momento. Literatura testimonial, reportajes, memorias y todo tipo de testimonios ha sido lo más característico hasta ahora, no obstante, en el directo mundo de la ficción; poesía, teatro y novela también se ha escrito bastante y, según parece, se trata de una veta inagotable.

Sin duda el quiebre institucional del año 1973 es la crisis de mayor envergadura que ha fracturado en lo más profundo nuestra sociedad. La novela que comento lleva por título “Piedras blancas, la escuela de tortura”. Y, ya había aparecido en una primera versión, bajo el sello de Editorial Forja el año 2016, firmada con el seudónimo de María London, en esta segunda versión, aumentada, viene bajo el nombre real de su autora María Isabel Mordojovich.

En aquella ocasión el juez Juan Guzmán Tapia presentó la novela con palabras que hoy se incorporan a modo de prólogo y, en parte señalan; cito textual:

«He tenido en mis manos numerosos textos que se refieren a esa época oscura y que narran prácticas que aún nos resultan inverosímiles. Sin embargo, esta obra se encuentra entre las más exactas, tanto por su sobriedad en temas tan escabrosos, como por la semblanza con la realidad que he podido apreciar en mis investigaciones judiciales.»

Quiero enfatizar que en estas líneas hablamos de una novela, es decir de un mundo literario, que se funda en hechos reales.

Al terminar la lectura de una novela, sucede a menudo que uno se pregunta: ¿será verdad esto? ¿Ocurriría realmente? De pronto las circunstancias narradas adquieren tal grado de horror y violencia que resultan inverosímiles. Podemos mencionar que el novelista norteamericano Truman Capote en su novela «A sangre fría», realizó el experimento de trasponer al mundo de la ficción una realidad tangible.

Y, en esta novela que nos propone María Isabel Mordojovich, nos encontramos ante un fenómeno similar, estamos frente a hechos absurdamente feroces cuya existencia se ve avalada por las palabras del juez Guzmán quien investigó en profundidad eventos semejantes.

Esta novela en los cinco primeros capítulos reproduce sucesos históricos, estrechamente relacionados con la faena represiva de exterminio y castigo emprendida por las fuerzas armadas, en Chile a partir del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Y, luego, en el capítulo seis, situado varios años más tarde, asistimos al momento en que uno de los militares acusados declara ante un juez.

La novela estructurada de una manera limpia, casi transparente, fluye con una tranquilidad estremecedora mostrando hechos sobrecogedores con un lenguaje directo y coloquial, despliega descarnadamente escenas y acciones que golpean y sacuden nuestra conciencia y nos llevan a la misma pregunta que se formula Primo Levy. ¿Puede esto ser un hombre?

La novela enfoca a los vencidos; las detenciones, el trato vejatorio y los suplicios a que son sometidos. Pero simultáneamente, y acaso con mayor medida va explorando los pensamientos y sentires de la otra parte, lo que sucede con los encargados de llevar adelante este castigo. El punto de vista de los vencedores que luchan para que se instaure un estado de cosas que los ampare y los justifique. Es en este aspecto donde yo puedo apreciar los logros más relevantes de la novela, y tomar por ejemplo algunos breves momentos que merecen un análisis.

Para nadie es un misterio que en Chile las fuerzas de la Unidad Popular, encabezadas por el doctor Salvador Allende obtuvieron mediante un triunfo electoral, acceso al control de una parte del poder; el ejecutivo. Y que se prolongaron tres años en el ejercicio de un gobierno que enfrentó numerosas adversidades. Pero, el país vivía en estado de derecho al momento del golpe.

Las fuerzas militares declararon una guerra, desplegaron barcos, tanques y aviones y procedieron a ocupar militarmente el país: guerra.

Hablar de guerra es hablar de batallas y la condición para que exista una batalla es que choquen dos ejércitos armados de un modo similar, la historia está llena de ejemplos: la batalla de Stalingrado. Dien Bien Phu, Normandie donde los ejércitos se preparan con tiempo para ir al combate.

Entonces para justificar este estado de guerra interna ellos inventaron un relato que informó que habían detectado un Plan Z, donde partidarios del gobierno planeaban asesinar a altos militares y personas importante. Sin miramientos de ninguna especie detuvieron a dirigentes sindicales, poblacionales y estudiantiles; los trataron como si fueran soldados enemigos. Luego al amparo de la doctrina de seguridad interior del estado acuñaron términos como Guerra interna y enemigo interno. La Guerra se convirtió en Guerra Sucia. Y, a quienes sufrieron sin tener nada que ver con lo que sucedía se le denominó daño colateral. Este predicamento fue la excusa oficial, el argumento con el que se detuvo y torturó a personas que hasta el día anterior existían en un estado de derecho.

Un estado de derecho frente al cual altos jefes militares como René Schneider y Carlos Prats se definieron como constitucionalistas y eso significaba que eran respetuosos del orden y el marco constitucional vigente en Chile. La nueva ideología nacida en la Escuela de las Américas buscaba otorgar un barniz de legalidad al impune actuar de fuerzas militares que se desplegaban en defensa de privilegios privados.

En la novela asistimos al caso de una estudiante de quince años, cuya historia real pude yo ver en un programa de televisión años más tarde. Y la única lógica usada para justificar el horror usado con ella es que serviría de ejemplo.

¿Por qué razón era necesario establecer un ejemplo?

Comienza aquí a perfilarse la idea de que en realidad nos encontramos ante un castigo: un castigo que es capaz de destruir la institucionalidad y el estado de derecho porque simplemente no se va a permitir la búsqueda de una mayor equidad social.

Otro de los méritos de esta novela, reside no en solo mostrar que para imponer este principio están dispuesto a quebrar y liquidar a su propia gente, sino que también nos invita a pensar que esta es una realidad con la que debemos aprender a convivir, tal como decía la cantata Santa María de Iquique: “la historia que les contamos de nuevo sucederá, es Chile un país muy largo y mil cosas pueden pasar”.

Al parecer todo este mundo moderno y civilizado en el que creemos existir es solo una fachada de cartulina bien pintada que esconde detrás seres abominables.